
Y es que yo, en mi infinita sabiduría, estaba convencida de que refugiada en la impunidad de la oscuridad, rodeada de desconocidos y escuchando a ese hombre cantando, recitando o simplemente hablando, porque dicho sea de paso, le encanta oirse, tarde o temprano me arrancaría una lagrimita y el resto vendría por sí solo. Que qué es el resto os preguntaréis, pues todo un océano de lágrimas que también en estos días no encuentran momento ni lugar oportuno para salir, aunque sobren las razones.
Pero eso de planear nunca se me ha dado bien. Así que una vez más "mi gozo en un pozo". Porque aunque parezca mentira no lloré, vamos no lloré de pena, que era el plan, claro. Porque de la risa me harté, me dolía la barriga, la cara y todo el cuerpo de reírme.
Y es que mi plan tenía más de un cabo suelto, el primero era que de repente me di cuenta de que me daba mucha pereza ponerme a llorar, vamos, que no tenía en realidad ninguna gana, y la segunda fue el no contar con que a cada flanco de mi butaca tenía a dos grandes amigos, de esos con los que afortunadamente te vuelves un poco niña y te entran ganas de reirte de todo y de repente no te da vergüenza de nada. Bendita amistad. Así que debo confesar y esta vez no a mi pesar, que mi plan fracasó. Fue una velada estupenda, disfruté de las canciones, de los amigos y descubrí varias cosas que ya intuía, que pese a todo prefiero reirme, que incluso en estos días se puede y se debe elegir la risa y la alegría. Y que, hasta que pueda, esté o no, me oiga o no, le seguiré cantando a mi padre "Papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita..."