Hoy retomo el camino, la inquietud y el esfuerzo de escribir...
Amenazo, vuelvo a escribir en éste, mi blog, como una Reina Tuerta en un mundo de ciegos.

miércoles, 1 de abril de 2015

Volver a ser la misma

   El tiempo es relativo, verdad de perogrullo que ya la dijo Einstein, cómo no. 
   Hace cuatro meses que llevo esperando el día de hoy. A que llegara Abril. A que los médicos me dieran los permisos correspondientes. A poder hacer las cosas por mí misma, las más insignificantes o las más necesarias, eso da igual, al final te das cuenta de que todas son importantes, al menos, para no sentirte tan mal.
   Uno puede pensar que cuatro meses no son nada pero, ah, claro, todo es relativo. El tiempo también. No soy capaz de cuantificar este tiempo pero, desde luego, no lo recuerdo tan corto. Hoy, miro hacia atrás y veo muy lejano todo aquello que configuraba mi vida normal, mi universo diario. Han  sido cuatro meses de retiro forzoso y creedme en que estoy siendo muy generosa calificándolo así. No me siento víctima de ello y no quiero que lo parezca, tan sólo siento hoy la necesidad de hacer este balance de la mejor manera que sé, escribiendo.
   En estos meses he tenido mucho tiempo libre. Mucho. Demasiado. Y lo digo siendo consciente de que, en breve, la idea de que el tiempo libre me pueda parecer excesivo me resultará chocante. Pero así ha sido. El tiempo se paraba, se alargaba o se encogía dependiendo de cosas tan variopintas como el dolor, el estado de ánimo, haber dormido o no la noche anterior, la llamada de alguna amiga, el whatsap de un ser querido, o un comentario, motivador o deprimente, en algunos de los múltiples grupos de artrodésicos que hay, y en los que, por cierto, he participado activamente, porque el dolor común, con tornillos o sin tornillos, une y sana. Y es en ellos donde me refugiaba en esas noches de insomnio o en esos días interminables donde las amigas y los seres queridos habían tenido sus propias urgencias y no habían podido hablarme. Todo era entendible y comprensible pero de que el tiempo entonces se paraba, creedme, se paraba. 
   Me he enfadado mucho y eso lo sabéis. Mantenía conmigo misma unas luchas terribles, a veces sanguinarias, por no entender ni mis emociones, ni las del otro. Supongo que cuesta asimilar lo solo que podemos llegar a estar. Hay verdades que necesitan sus meses para ser asimiladas, sobre todo, si te resistes a verlas.
   Eso sí, he aprendido mucho también, como, por ejemplo, que hay emociones que te capacitan y otras que te limitan; que, igual que el tiempo, la distancia es también relativa; que la generosidad sana y, sobre todo, que la capacidad de sentir amor y compasión es lo que nos hace humanos o animales, en el mejor de los sentidos.
   Os confieso algo, en todos mis comentarios en los grupos en los que he participado siempre he reivindicado y llevado como bandera que basta ya de la famosa frase "después de esto ya no volveré a ser el mismo", coletilla muy frecuente que la gente se repite como un mantra como si eso nos consolara de algo. Me he negado siempre a pensar que ya no volveré a ser la misma, entre otras cosas porque suena a resignación y a algo negativo. Pero lo cierto es que hoy miro atrás y me cuesta reconocer, al menos, algunos aspectos míos o de mi vida. Si lo pienso bien, lo normal, lo lógico y hasta lo sano es que no sea ya la misma. Las cosas siempre te cambian, lo que pasa es que los demás no siempre lo ven y tenemos la maldita e insana manía de mirarnos en ellos, los demás.
   No sé cuánto de mí ha cambiado y si los demás lo notarán, pero he decidido acogerlo y aceptarlo. Estoy cansada de pelearme, de batallas contra molinos de viento, de apegos innecesarios y que me empobrecen. Afortunadamente se abre, una vez más, un tiempo nuevo y estoy ilusionada por descubrir a dónde me llevará.
   Y como diría Freddy Mercury -que, como imaginaréis, me caía infinitamente mejor que el de arriba- show must go on, que traducido resulta:
    ¡Que se abran los telones, que el espectáculo, mi espectáculo, debe continuar!

domingo, 8 de marzo de 2015

8 de Marzo. ¡Igualdad ya!

La fecha ocho de Marzo y varios informes de diferentes organizaciones mundiales nos recuerdan en estos días la situación real de las mujeres en nuestro país y fuera de él. Un día en el que todos y todas debemos especialmente reflexionar  sobre todas esas leyes que limitan o, sencillamente, violan los derechos de la mujer en gran parte del mundo. Y todo por ser sencillamente mujer, una simple y llana cuestión de género que nos sigue relegando a un nada honroso segundo puesto, cuando de lo que hablamos es de libertad, dignidad o simplemente el derecho a nacer o seguir viva. Se han conseguido muchos avances en la igualdad entre hombre y mujer en los últimos años, eso es innegable pero no nos engañemos, no son los suficientes como para que se les llene, sobre todo, a políticos y jueces la boca hablando de igualdad, paridad y conciliación. No es cierto. Incluso en estos días también estarán los que gasten la tan consabida broma de "¿Y cuándo se va a celebrar el día del hombre trabajador?", como si la fecha del ocho de marzo no encerrara tanta lucha y tanta discriminación, como si una vez más fuese una bobada porque es "algo de mujeres". Señores, la condescendencia también mata. Cuidado con ella.
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La ONG Equality now, todo un referente del activismo por la igualdad de la mujer desde 1992, ha publicado un nuevo informe con las leyes vigentes que violan los derechos de la mujer en diferentes puntos del planeta y donde se plasma la urgente necesidad de un cambio legislativo, que apoye y favorezca una mayor sensibilización y, por ende, un cambio en la sociedad.
El repaso a esas bases legislativas es escalofriante y el listillo de arriba que hace ese tipo de burlas, aparentemente nada ofensivas y por las que nadie en una reunión social lo condenaría, quizás debiera leerse el informe y comprobar cómo ser mujer en el siglo XXI sigue sin ser tarea fácil , porque la legislación bajo la que se regula su sociedad, esa que tiene la obligación de defenderla y ampararla como ciudadana de pleno derecho, es la misma que la  denigra por el simple hecho de ser mujer. Tal vez, al principio estuviese hasta de acuerdo con algunas de esa leyes, como la de Rusia, donde no se permite a las mujeres ejercer trabajos que requieran un gran esfuerzo, sean peligrosos o perjudiciales para la salud, porque recordemos la mujer es inferior y hay que protegerla, que por ella sola no sabe. La pobre. Pero me gustaría saber qué pensaría sobre ese artículo en la India que declara legal la violación dentro del matrimonio, o el que al quedarse viudas las despoja de todo su estatus e independencia porque son consideradas, por la creencia hindú, un mal augurio y una maldición. Y en Arabia Saudí donde no pueden conducir y donde para poder trabajar necesitan una autorización masculina. O en Indonesia que se obliga a las estudiantes a someterse a un test de virginidad para poder acceder a la universidad. ¡Y qué decir de Marruecos con los matrimonios infantiles o Africa, donde la ablación de los genitales femeninos sigue siendo una práctica habitual, mortal, por cierto, en muchos de los casos y está penalizada hasta la práctica del deporte!, ¿Sabrá este hombre que en Nigeria la mujer en caso de herencia sólo recibe la mitad y el hombre siempre el doble?, ¿O que en los civilizados EEUU, en el estado de Arkansas, el hombre puede pegar a su esposa, eso sí, solo una vez al mes? Pues no sé si lo sabrá, apostaría a que no. Y es que independientemente de ser hombre o mujer, la ignorancia y el desentendimiento hace mucho daño.
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Y con este panorama nos encontramos también hace dos días con el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) donde se nos revela que en España la mujer cobra un 17% menos que el hombre en su salario, cuando por otra parte está un 2% más preparada que este y debiera por tanto cobrar un 2% más. Pero eso no es todo, las mujeres con hijos en España cobran un 5% menos que el resto de las trabajadoras. Es decir, si ser mujer no es fácil, ser mujer y madre es toda una heroicidad, o un castigo. Pero sucederá poco o nada, el informe pasará y ellos, una vez más y, sobre todo ahora, con tanta precampaña, se seguirán llenando la boca con la igualdad y la conciliación de la vida laboral y familiar.
Por eso es tarea de todos y todas sensibilizarnos y actuar, contestando, por ejemplo y para empezar, a todo aquel que ya sea desde el desconocimiento o la comodidad de su posición -me da igual, el mismo daño hacen- cuestione por qué debemos seguir celebrando el día de la mujer trabajadora o por qué debemos seguir luchando desde la pequeña trinchera de cada uno y de cada una por la igualdad real entre hombres y mujeres.
Hay tanto por hacer y conseguir.¡Igualdad ya!

lunes, 26 de enero de 2015

El espejo de Dorian Gray

images (5)No, tranquilos, no he equivocado el nombre de la novela. Anoche, en la Sexta y tras un intenso debate político sobre lo que todo el mundo estará hablando hoy, sí, la apabullante victoria de Syriza, pusieron, una vez más, la película El retrato de Dorian Gray.  No me quedé a verla por más de una razón. La más elegante que puedo decir es que ya la había visto. Y no es porque fuera la versión de Oliver Parker, que también, para qué engañarnos, sino porque no me apetecía empezar a ver a las once y media de la noche -vayas horas de poner una película un domingo- una versión descafeinada y un tanto obsoleta de la novela de ese genio que fue Oscar Wilde. Directores de cine del mundo, me atraería más, pero mucho más, ver después de, si no me equivoco, dieciocho versiones ambientadas todas a finales del siglo XIX, una nueva versión actualizada, es decir, con unos personajes del siglo XXI, con unos Dorian y Basil de hoy, tal y como la hubiera escrito hoy el autor. Aunque, claro, eso sería igual de pretencioso como mi ilusión de que algún director de cine, primero, me esté leyendo y, segundo, le apasione la idea hasta tal punto como para hacerme caso. Es mucho pedir. Lo entiendo.
descarga (3)En fin, ya con los pies en la tierra, lo que sí es cierto es que me acosté con la dichosa película en la cabeza y que me llevé, como de costumbre, más de una pregunta a la almohada. Bueno, de ella, la almohada, ya hablaremos en alguna que otra ocasión porque esa sí que se merece una columna enterita para ella. Una santa, lo que yo os diga.
Se supone que la obra es un canto al hedonismo, eso sí, con sus buenos tintes de terror gótico, pero un canto, al fin y al cabo,  al narcisismo y a una parte de la naturaleza humana, que habita o cohabita en cada uno de nosotros desde que el mundo es mundo. El deseo de la inmortalidad. El deseo de la eterna juventud. El deseo de la eternidad. La diferencia esencial, aparte de otras tantas, es que en 1890, cuando se publicó por primera vez,  ese deseo era visto por la sociedad como algo inmoral, impúdico e, incluso, sacrílego. Era eso, un mero deseo con tintes de ciencia ficción, pero hoy día es un sueño que se nos vende al alcance de nuestras manos y que, cada día más, lo compramos. Ahora está bien visto y todos soñamos y nos esforzamos en parecer más jóvenes. Nos vestimos con ropas de adolescente hasta que la cremallera o el botón aguanta. Nos ponemos extensiones y lucimos melenas hasta los setenta. Lucimos uñas larguísimas de diferente textura y material de falsedad. Afloran en cada barrio los gimnasios y la media de sus clientes sube por año. Deboramos el botox y el ácido hialurónico como pipas, porque ya no valen mucho más que ellas. Pero, eso sí, algo no ha cambiado, seguimos sin hablar de la muerte, es más, el terror a nombrarla ha aumentado. Ante tanta impostora juventud quién va a pensar que un día nos tocará a nosotros. Imposible. Eso no nos puede suceder.
La ficción se nos habrá podido convertir en ciencia, pero, a nuestro pesar, Dorian y todos nosotros, tenemos en nuestra casa un espejo. Un espejo que cada día al desnudarnos ante él -el que se atreva, claro- nos devuelve la verdad de lo que somos. En eso no hemos cambiado tanto o nada, el que quiera puede seguir ocultando sus miserias y bajezas, pero sigue siendo también un acto de valentía el asomarnos y mirarlas a la cara, ya sea en un desván, en un retrato o en un espejo.
Yo, por si acaso, le hablo al mío, mi espejo, con mucho mimo, no le pido que sea excesivamente sincero, tan poco hace falta, solo espero que con algo de benevolencia, por su parte, y mi miopía, por la mía, nos llevemos bien hasta... ¿la eternidad?

domingo, 25 de enero de 2015

El Cotidiano y La Reina Tuerta

La vida es puro juego de palabras, no sé si alguien lo habrá dicho antes, y, si no, pues lo digo yo. En estos días solo hablo de mi columna. O de mi columna física o la literaria, y es que, como la mayoría sabréis, desde esta semana colaboro con una columna en el diario digital El Cotidiano, así que igual ahora me veis un poco menos por aquí, pero no preocuparos, que yo os iré colgando igualmente los enlaces. Es solo el principio, de qué aún no lo sé muy bien, pero me hace mucha ilusión, y eso ya creo que es, por sí solo, un maravilloso fin.
Y, como lo prometido es deuda, aquí va el primero.

      La Reina Tuerta (pincha en el enlace)




Cita la leyenda que "En el país de los ciegos, el tuerto es rey". Que el refranero español es sabio, no lo vamos ni a discutir ni, mucho menos, a descubrir ahora. Hoy debuto en esta honorable plaza y quiero hacerlo explicando el porqué del nombre de mi columna. Este refrán nos aparece con más de una interpretación en los libros y diccionarios y huelga a estas alturas explicar su significado.
Hubo un tiempo en que una amiga en su afán de consolar, siempre decía, siempre me decía, a modo de mantra, "En el país de los cie270221_1938954392155_3813571_ngos, el tuerto es rey", "En el país de los ciegos, el tuerto es rey", "En el país de los ciegos, el tuerto es rey", era su respuesta para todo, hasta que recuerdo un día en que me volví para ella algo enfurecida y le dije: que sí, que sí, que seremos reinas, pero entérate y abre los ojos de una vez, somos reinas tuertas, y no siempre me vale ser tuerta, no siempre me compensa ser tuerta, por muy reina que sea. Ella, claro, mi amiga, dejo de decirlo o, al menos, delante de mí. No sé si le convenció mi respuesta, la deprimió hasta tal punto o sencillamente no tuvo ganas de volverme a ver así. Comprensible por otra parte. Pero el hecho es que desde entonces, y os aseguro ha llovido mucho, esas palabras han resonado en mi cabeza.
Y es que todos, bueno, todos los afortunados de no ser ciegos en esta nuestra sociedad, que, a veces, me pareciera estar dentro de la famosa obra de Saramago, con tanto ciego a nuestro alrededor, somos reyes y reinas tuertas. Aquí no se libra nadie. Yo soy una reina tuerta, mi amiga es una reina tuerta y tú, lector, en el mejor de los caso también serás un rey o reina tuerta. Y esto, no es una cuestión de pensamiento o filosofía de vida  negativa. Nada más lejos.  Soy vital y positiva como una manzana, pero como diría el genio, "lo que es, es".  No me gustan que sean condescendientes conmigo, ni los fallidos intentos de consuelo cuando de lo que se trata no es de consolar, sino de aceptar.
Soy afortunada, muy afortunada, entre otras cosas, porque cada mañana decido serlo. A fin de cuentas, la felicidad, la alegría y lo que yo llamo fortuna, en cierto modo también se elige, se decide y se apuesta por ella. Eso sí, cada mañana, cada medio día, cada tarde y cada noche de tu vida. Es un trabajo, un trabajo y una tarea como otra cualquiera. Pero eso sí, que nadie pretenda engañarme y menos hacerlo yo misma. Yo soy una reina, pero tuerta tuertísima como la que más, como metáfora no es la que hubiese elegido, pero creo que nos vale para la ocasión. Porque por muy reina que sea, como le intentaba hacer ver a mi amiga, tengo mis miserias, mis cicatrices y mis heridas, y, si no fuera consciente de ellas, no podría renegociar con ellas, como lo hago cada mañana. Sí, en en ese justo momento de la mañana en que, pese a todo, vuelvo a decidir que soy feliz, alegre y afortunada, en ese mágico momento en el que por un momento me miro al espejo y  me veo como una REINA, sí, incompleta, como todos, pero una reina.

martes, 20 de enero de 2015

Cabreo "Acto segundo"

   Dicen que todo en la vida es empezar, que todo es como el rascar, que cuando empiezas ya no puedes parar, o como el estornudar, bueno, ese ejemplo dadas las circunstancias mejor lo olvidamos. Pero es cierto, al menos con el cabreo, porque una vez que reconoces que estas cabreada por algo, puf, malo malo. Algo en ti se desencadena, tipo efecto dominó, y se va abriendo esa caja de Pandora, que tan bien cerradita tenías por el bien de la humanidad y de tu propio pellejo, y escondida, y guardada, y enterrada bajo años de falsos o no tan falsos mensajes positivos, de falsas o no tan falsas convicciones, de sabios o no tan sabios consejos, pero a los que tú te aferraste uno y otro día para cerrar con todas tus fuerzas y lanzarla al fondo de donde sea que te llegara.

   Pero un día te atreves y, pum, declaras tu cabreo por algo, puede que incluso sea por algo de lo más tonto, da igual, pero verbalizas tu cabreo, gritas tu cabreo, y algo en ti te dice, te asegura, te da la certeza de que es sólo la punta del iceberg. Siempre me ha encantado esa metáfora, la punta del iceberg, es tan visual, tan vale más una imagen que mil palabras. La punta del iceberg.

   Hace unos días escribía sobre un cabreo, un cabreo concreto, que incluso me ayudó a soltarlo, a vomitarlo y a ayudarme así a normalizar la situación, mi espero temporal situación. Pero al día siguiente me dí cuenta de que sí, de que es cierto, de que todo es empezar, que cabrearse es también todo empezar. Cuando te permites, que ahí está la clave, cabrearte, todo es empezar. Cuando te atreves a mirar para tus entrañas, cuando eres tan valiente como para escarbar entre tus vísceras y cuando tu cuerpo te entrega la famosa cajita. Tan inocente, tan pequeñita, tan letal. 

   Y ahora viene cuando te preguntas qué haces con ella, con todo ese supuesto cabreo encerrado, cabreo que sospechas salpicará a todo y a todos. Pero, ah, ya tienes esa certeza, la certeza de tener esa mierda encerrada y ya, maldita sea, tienes una certeza más en la vida, como si no fueran suficiente las demás, o, a lo mejor forma parte de ellas, no lo sé. Y no lo sé porque no me atrevo a abrirla. 

   Permitirse, atreverse, ser valiente. ¿Va de eso? ¿En serio? Todos tenemos esa cajita enterrada, algunos harán como el que no sabe de qué estamos hablando, otros ni siquiera sabrán que la tienen y otros saben que ni locos la abrirían. ¿Para qué? Imagino que se preguntarán. 

   Pero para mí es tarde, no me valen ni las preguntas ni las respuestas, ni las de ahora ni la de todos estos años que me han convencido que era mejor no gritarlas. Por aquello de que es mejor no remover la mierda. Pero ya es tarde. Y ya es tarde porque el grito me ahoga, la martilleante certeza me ahoga y el cabreo no nacido me ahoga. Y estaré loca, o lorca, pero quiero pintar las paredes con mis cabreos, verlos todos como en una exposición, pasearme por la casa con las manos llenas de pintura y sangre, y verlos uno a uno, con sus tonalidades y sus texturas, con sus rojos y sus naranjas, con sus mierdas y sus luces, gritarles, escupirles, besarlos, odiarlos, amarlos y... de una vez, olvidarlos.

    Ya es tarde. 

   Ya es tarde. Señoras y señores, se ha abierto, la he abierto. La lista es larga, muy larga, muy muy larga. Por pudor ajeno, no por el mío, y por todos los que estáis salpicados me guardo la lista que sí voy a hacer, que sí voy a pintar. Quien se atreva a ver mi exposición que venga, pero, por favor, que traiga pintura, porque creo que no me va a alcanzar.

    Y, ah, una vez más no preocuparos, creo que una manita de pintura de vez en cuando nos viene bien a todos.
    Pero, eso sí, mientras tanto..... ¡OJO, QUE PINTO!  Y quien avisa...


domingo, 11 de enero de 2015

Cuatro tornillos, un estornudo y un cabreo.

   Hace 41 días estornudé. Sí, justo al levantarme estornudé. Un estornudo como otro cualquiera, porque no soy excesivamente exagerada cuando estornudo. No fue de esos que oyes al vecino de tres casas atrás. No. No soy de esas. Suelo ser comedida hasta para eso. Pero hoy no. Hoy no me da la gana. Hoy estoy cabreada.
 
Y estoy cabreada porque no puedo cabrearme, porque se supone que no tengo derecho a cabrearme, porque, después de todo, el estornudo sólo desencadenó una repentina operación de espalda. Y claro, eso no es para tanto, porque,  tal y como se empeñan en recordarme cada vez que alguien tiene la deferencia de venir a verme o llamar, de esto no me voy a morir y, claro, siempre pudo ser peor. Sí, señores, claro que pudo ser peor y claro que no me voy a morir de esto, de aburrimiento y de escuchar estupideces puede, pero de esto no.
   Y es que todo el que te quiere consolar, siempre saca a colación un vecino o un primo que se operó de lo mismo y te cuenta todo su periplo,  casi siempre con un mal final, por lo que no comprendo qué entiende esa persona por animar a una enfermita. O, todo un clásico,  está el que en su torpe afán de animarte te cuenta que el cuñado de fulano se acaba de morir con tu misma edad de un día para otro. Por lo que digo yo que, según su lógica, eso te debe de dar una alegría tan grande como para que se te pase el dolor por unos días.  ¿Pero qué clase de sádica se creen que es una para animarse con el sufrimiento ajeno?
   Bueno y lo mejor es cuando se les olvida que estás delante y se ponen a contar desgracias a modo de competición. Y todos parecen haber estudiado medicina, todos te dan su pronóstico y te dicen lo que debes o no hacer. Unos, que no te despegues de la cama, otros, que cuanto antes te muevas y dejes las pastillas mejor. ¡Señores, que tengo un maravilloso neurocirujano y un informe donde me ponen todas las pautas,  me pueden dejar un poquito tranquila por el amor de quien sea!
   Pero,  claro, no me puedo cabrear porque los pobres vienen para animarme y sería de muy mala educación mandarlos un poco lejos, tan solo un par de metros de mi casa, que tampoco sería tanto. Pero no, una no puede cabrearse, porque a una la educaron para no ir por la vida cabreandose,  sino para poner cara de aceptar y asumir lo que haya que asumir. Maldita educación postfranquista.
   Pero lo cierto es que estoy cabreada,  muy cabreada,  porque de un día para otro,  sí, esa corta franja de tiempo en que me recuerdan puedes perder tu vida,  en cierta manera y aunque sea, espero,  temporal, yo también he perdido la mía. Que no me vaya a morir de esto y que sí haya gente que se esté muriendo todos los días de otras cosas no me quita el dolor que siento al tan sólo darme la vuelta en la cama, o la impotencia de no poder hacer nada por mí misma, que hayan quedado interrumpidos mis proyectos en mi trabajo, en el teatro, en la Asociación, en mi vida. Que mi dormitorio parezca una farmacia y que tenga que dormir sola porque el más mínimo roce o desnivel de la cama me molesta y que a mi marido le dé miedo abrazarme para no hacerme daño. Y la soledad, bueno,  de esa mejor no hablamos.
   No preocuparos,  sé que es temporal, como casi todo en la vida, como mi cabreo de hoy. Aunque me da que nunca volvemos a ser los mismos.  Mi cabreo se irá,  mis proyectos volverán,  mi cama  otra vez tendrá ese calor que tanto necesito, pero mis tornillos, mis cuatro tornillos en la espalda permanecerán conmigo toda mi vida y con ellos lo mucho o lo poco que haya aprendido en este pequeño, aburrido y extraño espacio temporal, que hoy, desde mi cama,  se me antoja eterno.

                                                                      Marian, una artrodesada aburrida y cabreada más.