Hoy retomo el camino, la inquietud y el esfuerzo de escribir...
Amenazo, vuelvo a escribir en éste, mi blog, como una Reina Tuerta en un mundo de ciegos.

lunes, 26 de enero de 2015

El espejo de Dorian Gray

images (5)No, tranquilos, no he equivocado el nombre de la novela. Anoche, en la Sexta y tras un intenso debate político sobre lo que todo el mundo estará hablando hoy, sí, la apabullante victoria de Syriza, pusieron, una vez más, la película El retrato de Dorian Gray.  No me quedé a verla por más de una razón. La más elegante que puedo decir es que ya la había visto. Y no es porque fuera la versión de Oliver Parker, que también, para qué engañarnos, sino porque no me apetecía empezar a ver a las once y media de la noche -vayas horas de poner una película un domingo- una versión descafeinada y un tanto obsoleta de la novela de ese genio que fue Oscar Wilde. Directores de cine del mundo, me atraería más, pero mucho más, ver después de, si no me equivoco, dieciocho versiones ambientadas todas a finales del siglo XIX, una nueva versión actualizada, es decir, con unos personajes del siglo XXI, con unos Dorian y Basil de hoy, tal y como la hubiera escrito hoy el autor. Aunque, claro, eso sería igual de pretencioso como mi ilusión de que algún director de cine, primero, me esté leyendo y, segundo, le apasione la idea hasta tal punto como para hacerme caso. Es mucho pedir. Lo entiendo.
descarga (3)En fin, ya con los pies en la tierra, lo que sí es cierto es que me acosté con la dichosa película en la cabeza y que me llevé, como de costumbre, más de una pregunta a la almohada. Bueno, de ella, la almohada, ya hablaremos en alguna que otra ocasión porque esa sí que se merece una columna enterita para ella. Una santa, lo que yo os diga.
Se supone que la obra es un canto al hedonismo, eso sí, con sus buenos tintes de terror gótico, pero un canto, al fin y al cabo,  al narcisismo y a una parte de la naturaleza humana, que habita o cohabita en cada uno de nosotros desde que el mundo es mundo. El deseo de la inmortalidad. El deseo de la eterna juventud. El deseo de la eternidad. La diferencia esencial, aparte de otras tantas, es que en 1890, cuando se publicó por primera vez,  ese deseo era visto por la sociedad como algo inmoral, impúdico e, incluso, sacrílego. Era eso, un mero deseo con tintes de ciencia ficción, pero hoy día es un sueño que se nos vende al alcance de nuestras manos y que, cada día más, lo compramos. Ahora está bien visto y todos soñamos y nos esforzamos en parecer más jóvenes. Nos vestimos con ropas de adolescente hasta que la cremallera o el botón aguanta. Nos ponemos extensiones y lucimos melenas hasta los setenta. Lucimos uñas larguísimas de diferente textura y material de falsedad. Afloran en cada barrio los gimnasios y la media de sus clientes sube por año. Deboramos el botox y el ácido hialurónico como pipas, porque ya no valen mucho más que ellas. Pero, eso sí, algo no ha cambiado, seguimos sin hablar de la muerte, es más, el terror a nombrarla ha aumentado. Ante tanta impostora juventud quién va a pensar que un día nos tocará a nosotros. Imposible. Eso no nos puede suceder.
La ficción se nos habrá podido convertir en ciencia, pero, a nuestro pesar, Dorian y todos nosotros, tenemos en nuestra casa un espejo. Un espejo que cada día al desnudarnos ante él -el que se atreva, claro- nos devuelve la verdad de lo que somos. En eso no hemos cambiado tanto o nada, el que quiera puede seguir ocultando sus miserias y bajezas, pero sigue siendo también un acto de valentía el asomarnos y mirarlas a la cara, ya sea en un desván, en un retrato o en un espejo.
Yo, por si acaso, le hablo al mío, mi espejo, con mucho mimo, no le pido que sea excesivamente sincero, tan poco hace falta, solo espero que con algo de benevolencia, por su parte, y mi miopía, por la mía, nos llevemos bien hasta... ¿la eternidad?

domingo, 25 de enero de 2015

El Cotidiano y La Reina Tuerta

La vida es puro juego de palabras, no sé si alguien lo habrá dicho antes, y, si no, pues lo digo yo. En estos días solo hablo de mi columna. O de mi columna física o la literaria, y es que, como la mayoría sabréis, desde esta semana colaboro con una columna en el diario digital El Cotidiano, así que igual ahora me veis un poco menos por aquí, pero no preocuparos, que yo os iré colgando igualmente los enlaces. Es solo el principio, de qué aún no lo sé muy bien, pero me hace mucha ilusión, y eso ya creo que es, por sí solo, un maravilloso fin.
Y, como lo prometido es deuda, aquí va el primero.

      La Reina Tuerta (pincha en el enlace)




Cita la leyenda que "En el país de los ciegos, el tuerto es rey". Que el refranero español es sabio, no lo vamos ni a discutir ni, mucho menos, a descubrir ahora. Hoy debuto en esta honorable plaza y quiero hacerlo explicando el porqué del nombre de mi columna. Este refrán nos aparece con más de una interpretación en los libros y diccionarios y huelga a estas alturas explicar su significado.
Hubo un tiempo en que una amiga en su afán de consolar, siempre decía, siempre me decía, a modo de mantra, "En el país de los cie270221_1938954392155_3813571_ngos, el tuerto es rey", "En el país de los ciegos, el tuerto es rey", "En el país de los ciegos, el tuerto es rey", era su respuesta para todo, hasta que recuerdo un día en que me volví para ella algo enfurecida y le dije: que sí, que sí, que seremos reinas, pero entérate y abre los ojos de una vez, somos reinas tuertas, y no siempre me vale ser tuerta, no siempre me compensa ser tuerta, por muy reina que sea. Ella, claro, mi amiga, dejo de decirlo o, al menos, delante de mí. No sé si le convenció mi respuesta, la deprimió hasta tal punto o sencillamente no tuvo ganas de volverme a ver así. Comprensible por otra parte. Pero el hecho es que desde entonces, y os aseguro ha llovido mucho, esas palabras han resonado en mi cabeza.
Y es que todos, bueno, todos los afortunados de no ser ciegos en esta nuestra sociedad, que, a veces, me pareciera estar dentro de la famosa obra de Saramago, con tanto ciego a nuestro alrededor, somos reyes y reinas tuertas. Aquí no se libra nadie. Yo soy una reina tuerta, mi amiga es una reina tuerta y tú, lector, en el mejor de los caso también serás un rey o reina tuerta. Y esto, no es una cuestión de pensamiento o filosofía de vida  negativa. Nada más lejos.  Soy vital y positiva como una manzana, pero como diría el genio, "lo que es, es".  No me gustan que sean condescendientes conmigo, ni los fallidos intentos de consuelo cuando de lo que se trata no es de consolar, sino de aceptar.
Soy afortunada, muy afortunada, entre otras cosas, porque cada mañana decido serlo. A fin de cuentas, la felicidad, la alegría y lo que yo llamo fortuna, en cierto modo también se elige, se decide y se apuesta por ella. Eso sí, cada mañana, cada medio día, cada tarde y cada noche de tu vida. Es un trabajo, un trabajo y una tarea como otra cualquiera. Pero eso sí, que nadie pretenda engañarme y menos hacerlo yo misma. Yo soy una reina, pero tuerta tuertísima como la que más, como metáfora no es la que hubiese elegido, pero creo que nos vale para la ocasión. Porque por muy reina que sea, como le intentaba hacer ver a mi amiga, tengo mis miserias, mis cicatrices y mis heridas, y, si no fuera consciente de ellas, no podría renegociar con ellas, como lo hago cada mañana. Sí, en en ese justo momento de la mañana en que, pese a todo, vuelvo a decidir que soy feliz, alegre y afortunada, en ese mágico momento en el que por un momento me miro al espejo y  me veo como una REINA, sí, incompleta, como todos, pero una reina.

martes, 20 de enero de 2015

Cabreo "Acto segundo"

   Dicen que todo en la vida es empezar, que todo es como el rascar, que cuando empiezas ya no puedes parar, o como el estornudar, bueno, ese ejemplo dadas las circunstancias mejor lo olvidamos. Pero es cierto, al menos con el cabreo, porque una vez que reconoces que estas cabreada por algo, puf, malo malo. Algo en ti se desencadena, tipo efecto dominó, y se va abriendo esa caja de Pandora, que tan bien cerradita tenías por el bien de la humanidad y de tu propio pellejo, y escondida, y guardada, y enterrada bajo años de falsos o no tan falsos mensajes positivos, de falsas o no tan falsas convicciones, de sabios o no tan sabios consejos, pero a los que tú te aferraste uno y otro día para cerrar con todas tus fuerzas y lanzarla al fondo de donde sea que te llegara.

   Pero un día te atreves y, pum, declaras tu cabreo por algo, puede que incluso sea por algo de lo más tonto, da igual, pero verbalizas tu cabreo, gritas tu cabreo, y algo en ti te dice, te asegura, te da la certeza de que es sólo la punta del iceberg. Siempre me ha encantado esa metáfora, la punta del iceberg, es tan visual, tan vale más una imagen que mil palabras. La punta del iceberg.

   Hace unos días escribía sobre un cabreo, un cabreo concreto, que incluso me ayudó a soltarlo, a vomitarlo y a ayudarme así a normalizar la situación, mi espero temporal situación. Pero al día siguiente me dí cuenta de que sí, de que es cierto, de que todo es empezar, que cabrearse es también todo empezar. Cuando te permites, que ahí está la clave, cabrearte, todo es empezar. Cuando te atreves a mirar para tus entrañas, cuando eres tan valiente como para escarbar entre tus vísceras y cuando tu cuerpo te entrega la famosa cajita. Tan inocente, tan pequeñita, tan letal. 

   Y ahora viene cuando te preguntas qué haces con ella, con todo ese supuesto cabreo encerrado, cabreo que sospechas salpicará a todo y a todos. Pero, ah, ya tienes esa certeza, la certeza de tener esa mierda encerrada y ya, maldita sea, tienes una certeza más en la vida, como si no fueran suficiente las demás, o, a lo mejor forma parte de ellas, no lo sé. Y no lo sé porque no me atrevo a abrirla. 

   Permitirse, atreverse, ser valiente. ¿Va de eso? ¿En serio? Todos tenemos esa cajita enterrada, algunos harán como el que no sabe de qué estamos hablando, otros ni siquiera sabrán que la tienen y otros saben que ni locos la abrirían. ¿Para qué? Imagino que se preguntarán. 

   Pero para mí es tarde, no me valen ni las preguntas ni las respuestas, ni las de ahora ni la de todos estos años que me han convencido que era mejor no gritarlas. Por aquello de que es mejor no remover la mierda. Pero ya es tarde. Y ya es tarde porque el grito me ahoga, la martilleante certeza me ahoga y el cabreo no nacido me ahoga. Y estaré loca, o lorca, pero quiero pintar las paredes con mis cabreos, verlos todos como en una exposición, pasearme por la casa con las manos llenas de pintura y sangre, y verlos uno a uno, con sus tonalidades y sus texturas, con sus rojos y sus naranjas, con sus mierdas y sus luces, gritarles, escupirles, besarlos, odiarlos, amarlos y... de una vez, olvidarlos.

    Ya es tarde. 

   Ya es tarde. Señoras y señores, se ha abierto, la he abierto. La lista es larga, muy larga, muy muy larga. Por pudor ajeno, no por el mío, y por todos los que estáis salpicados me guardo la lista que sí voy a hacer, que sí voy a pintar. Quien se atreva a ver mi exposición que venga, pero, por favor, que traiga pintura, porque creo que no me va a alcanzar.

    Y, ah, una vez más no preocuparos, creo que una manita de pintura de vez en cuando nos viene bien a todos.
    Pero, eso sí, mientras tanto..... ¡OJO, QUE PINTO!  Y quien avisa...


domingo, 11 de enero de 2015

Cuatro tornillos, un estornudo y un cabreo.

   Hace 41 días estornudé. Sí, justo al levantarme estornudé. Un estornudo como otro cualquiera, porque no soy excesivamente exagerada cuando estornudo. No fue de esos que oyes al vecino de tres casas atrás. No. No soy de esas. Suelo ser comedida hasta para eso. Pero hoy no. Hoy no me da la gana. Hoy estoy cabreada.
 
Y estoy cabreada porque no puedo cabrearme, porque se supone que no tengo derecho a cabrearme, porque, después de todo, el estornudo sólo desencadenó una repentina operación de espalda. Y claro, eso no es para tanto, porque,  tal y como se empeñan en recordarme cada vez que alguien tiene la deferencia de venir a verme o llamar, de esto no me voy a morir y, claro, siempre pudo ser peor. Sí, señores, claro que pudo ser peor y claro que no me voy a morir de esto, de aburrimiento y de escuchar estupideces puede, pero de esto no.
   Y es que todo el que te quiere consolar, siempre saca a colación un vecino o un primo que se operó de lo mismo y te cuenta todo su periplo,  casi siempre con un mal final, por lo que no comprendo qué entiende esa persona por animar a una enfermita. O, todo un clásico,  está el que en su torpe afán de animarte te cuenta que el cuñado de fulano se acaba de morir con tu misma edad de un día para otro. Por lo que digo yo que, según su lógica, eso te debe de dar una alegría tan grande como para que se te pase el dolor por unos días.  ¿Pero qué clase de sádica se creen que es una para animarse con el sufrimiento ajeno?
   Bueno y lo mejor es cuando se les olvida que estás delante y se ponen a contar desgracias a modo de competición. Y todos parecen haber estudiado medicina, todos te dan su pronóstico y te dicen lo que debes o no hacer. Unos, que no te despegues de la cama, otros, que cuanto antes te muevas y dejes las pastillas mejor. ¡Señores, que tengo un maravilloso neurocirujano y un informe donde me ponen todas las pautas,  me pueden dejar un poquito tranquila por el amor de quien sea!
   Pero,  claro, no me puedo cabrear porque los pobres vienen para animarme y sería de muy mala educación mandarlos un poco lejos, tan solo un par de metros de mi casa, que tampoco sería tanto. Pero no, una no puede cabrearse, porque a una la educaron para no ir por la vida cabreandose,  sino para poner cara de aceptar y asumir lo que haya que asumir. Maldita educación postfranquista.
   Pero lo cierto es que estoy cabreada,  muy cabreada,  porque de un día para otro,  sí, esa corta franja de tiempo en que me recuerdan puedes perder tu vida,  en cierta manera y aunque sea, espero,  temporal, yo también he perdido la mía. Que no me vaya a morir de esto y que sí haya gente que se esté muriendo todos los días de otras cosas no me quita el dolor que siento al tan sólo darme la vuelta en la cama, o la impotencia de no poder hacer nada por mí misma, que hayan quedado interrumpidos mis proyectos en mi trabajo, en el teatro, en la Asociación, en mi vida. Que mi dormitorio parezca una farmacia y que tenga que dormir sola porque el más mínimo roce o desnivel de la cama me molesta y que a mi marido le dé miedo abrazarme para no hacerme daño. Y la soledad, bueno,  de esa mejor no hablamos.
   No preocuparos,  sé que es temporal, como casi todo en la vida, como mi cabreo de hoy. Aunque me da que nunca volvemos a ser los mismos.  Mi cabreo se irá,  mis proyectos volverán,  mi cama  otra vez tendrá ese calor que tanto necesito, pero mis tornillos, mis cuatro tornillos en la espalda permanecerán conmigo toda mi vida y con ellos lo mucho o lo poco que haya aprendido en este pequeño, aburrido y extraño espacio temporal, que hoy, desde mi cama,  se me antoja eterno.

                                                                      Marian, una artrodesada aburrida y cabreada más.